JUAN VAQUERO
Los paisajes de Juan Vaquero Ibáñez nos proporcionan un feliz encuentro con la belleza natural en un mundo
tan inmerso en lo urbano, tan pródigo en artificialidad. Lejos de juzgar moralmente ni un ámbito ni otro, necesarios ambos, nos cede
un espacio neutro y nos acerca el documento de la experiencia estética directa con la tierra poderosa, generadora de formas imponentes
y hermosas, con celajes contundentes llenos de carácter.
En sus cuidadísimas fotografías se puede apreciar un amor auténtico al medio
natural y al propio género del paisaje. Si bien la naturaleza es una realidad objetiva, en cuanto que existe a priori, el término
de paisaje indica ya un constructo cargado de subjetividad ya que pasa por nuestra percepción. La misma localización puede contener
cientos de paisajes según las condiciones atmosféricas, los cambios estacionales, las perspectivas adoptadas o los tratamientos posteriores
de la imagen.
La experiencia estética del fotógrafo y su incursión en el medio a la búsqueda del encuadre deseado, a la espera de
las condiciones idóneas, parece latir en cada resultado final que pretende transmitir con fidelidad un momento preciso, ese “ahí estuve
yo y así os lo cuento”. Si el temperamento humano encuentra su correlato en el de la naturaleza, la plasmación de un paisaje no es
si no una forma de autorretrato. El hombre se busca en ella sin cesar, aunque a veces lo olvide, aunque exista sólo en el legendario
pasado del urbanita.
Las equilibradas composiciones de Vaquero Ibáñez nos hablan muchas veces de una naturaleza lejana, atemporal,
casi inaccesible, enérgica y maravillosa por sí misma, el hombre ausente si no es quizás para admirarla. Si aparece algún rastro
suyo, de su interactuación con ella, asemeja casi una orogenia más, una forma que, por su belleza, ha sido admitida en tan perfecto
reino.
Lidia Gil